Chinandega. Cuando mencionaba esa palabra.  Era sinónimo de un lugar oculto en el mapa, como en el juego edad de imperios.  Pero en nuestro paisito.  Existen muchos así.   Es mas la costumbre de los nicas de arraigarse a los mismos lugares que se olvida nuestro instinto humano por descubrir.   Sitios, culturas y  personas.

Uno de mis compañeros de trabajo es chinandegano,  siempre que viaja dice que va para la república de Chinandega.  Me ha invitado varias veces, pero no tenía reales para la visa.  Según el no es fácil ir a Chinandega.  Pues un chinandegano debe aprobarte la visa.

Fui por trabajo la primera vez,  sin detenerme en lugares.  Recuerdo el calor intenso, aunque fue por momentos porque iba de paso hacia Somotillo y  Cinco Pinos.

En un segundo viaje fui hasta Campuzano.  Allá hay un ojo de agua espectacular. Luchaba con los zancudos y el trabajo que debía terminar.

Sin embargo no fue hasta el año pasado que por  asuntos de trabajo  conocí un poco más. Luego mis amigos corredores nos aventuramos a subir el Volcán San Cristóbal,  luego el Chonco, pero paso y ya no hallaba otra cosa que inventar para volver.

Pero me sentí un poco mas familiar, porque vi todo desde la cima del coloso, desde allá arriba todo parece irreal. Solo quedaba el trato con la gente, sus vivencias, tradiciones y cultura.

Con el pasar del tiempo conocí a una oriunda de allá. Su nombre Carmen CantiCoco Torreto, esto último por su manera audaz de manejar. Ella en poco tiempo me hizo recorrer sin descanso el vecino poblado del viejo, me señalo sus industrias, hablo un poco de su gente. Mientras nos aceecamo a un peculiar restaurante de nombre “Don bigote”. El dueño del lugar  es un personaje culinario por el cual chinandeganos y turistas no dudan en ir hasta allá a degustar un buen asado. Luis trata de manera personal a sus clientes, de momentos irrumpe en la cocina y añade su toque personal a algún platillo. De ahí sales con esa frase que desde nuestra niñez repiten los adultos. Barriga llena corazón contento.

Al día siguiente conocí Corinto,  un puerto sin puerto.  Al menos no para el turista.   Con sus playas laterales y su casas de madera añejadas por el tiempo.  Divagamos en esta ciudad combinada entre vida y sombría calma.  El calor se hacía presente, mas con el solo hecho de sentarse frente al mar, oír las olas reventar contra las rocas, y las aves volar sobre el agua. Me puse a pensar si las aves vuelan en formación militar o los miltares vuelan en formación de aves. El  tiempo pasa y no te das cuenta que el día nos presta unas cuantas horas no más.

Comimos un ceviche, esperando la atención acostumbrada.  Me platico de la historia de Corinto y del espíritu que circundan estas costas.

Partimos un poco cansados de dar vueltas por Chinandega, Corinto y el Viejo.  Nuestro destino era al centro de operaciones de los farallones.  Para recargar baterías. Me dormí sentado esperando que Silvio no Rodríguez llegará.  No llego,  y seguidos por el impulso que mueve montañas llegamos a tapas y surf.  Este último es un Restaurante en una playa llamada Nahualapa.

La costa de este lugar tiene una vista espectacular,  camas  en Quioscos situados en la arena esperando el atardecer.  No lo podía creer que en unos momentos tendría que regresar.

Como olvidar el resumen de ciudad, costas, comidas y vagancias. Todo ello combinado hizo del lugar más caluroso de Nicaragua, una suave brisa de mar.

Agradezco a los amigos Chinandeganos por permitir que la estadía en su República fuera grata y placentera.

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Yubran Arellano H.

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