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Cuando estudiaba arquitectura me asignaron una tarea para la clase de patrimonio.  Elegimos Jinotega,  por ser un buen amigo de esos lados.  El norte era las áreas desconocidas de algún mapa temático de “ages of empire”.  Mi primera impresión fue alucinante.  No sólo por su belleza natural, sino por sus costumbres,  su hablado,  la comida simple con amor, los bares rancho rockers,  el frío y los pinos.

No había visto un pino más que los sacrificados para época navideña en casa de familiares,  porque en mi casa éramos ecológicos o nos gustaba el rompecabezas de plástico reusable y tamaño similar a la de los regalos, cincuenta cm para ser exacto.

Más cuando conocí San Rafael vi tantos pinos como monte en los cerros.  Plagados de queso de piedra pomo y zarzamora silvestre.  En ciencias naturales había visto el proceso del agua y sus manantiales,  pero jamás había visto a un cerro qué llorará de olvido.  Con sólo poner un pie,  el agua brotaba del suelo.

La  odisea del viaje era otra anécdota aparte,  salir de madrugada en el aeropuerto del mayoreo.  Viajar horas sentado junto a extraños en cada puerto.  Degustar rosquillas,  pijibay,  helados,  güirilas,  y cada plato exótico de los lugareños.  El boleto del bus,  la música de cada  región,  los ángeles qué caminaban entre nosotros y la invaluable Magic.

Pero para viajar a San Rafael del Norte era asumir el reto de atravesar Jinotega,  encontrar lugar en un intercostal primo lejano del undertaker de la ruta Managua – Carazo, y embarcarse a una hora y media más, con  la chincaca sedada.

Hoy me encuentro en la misma salida a San Payo,  solo que sin ruedas.   Mi mágico viaje se convertiría en mi verdugo.  En la prueba viva de que las distancias son solamente una ilusión humana.

Desde enero hemos intensificado cada reto,  cada uno distinto qué el anterior. El último con más corazón que energía (“El maderas” y sus brasas).   A diferencia de los anteriores,  se notaba la buena organización y la competencia de runners auténticos con el seudónimo de atletas.

Estaba chiva,  casi nulo de amateurs.  Yo en mi proceso de cambios de conciencia.  Con mi mochilita de agua,  con Caramelos de miel,  zepolito,  potasio naturals (bananos) y sin desayunar más que un café.  Mendigado de casa en casa, hasta que salió de la estufa a la tasa por la más gentil sonrisa.

¿La felicidad viene en botellas?

Tampoco sabía de las oraciones al altísimo y su alianza con las carreras.  Escuché al fraile y su anécdota de amistad,  esfuerzo y coraje.  Tratando de asimilar la fé para fortalecer lo que parecían rodillas.  Me encontraba en el medio maratón en homenaje al Padre Odorico D’Andrea.  Aquel señor que dedico su vida a varias causas en su nuevo hogar (San Rafael del Norte).

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Había gente de todas los lugares,  de Guatemala,  de Honduras,  de Japón,  de EEUU ,  de Carazo,  Managua y los wannabee free runners (Los lazy bastards).

Escuche entre la multitud a un par de chulas (chelas) de Boston (lo deduje por la camisa) decirse entre sí; “¿Por qué hacemos esto?”…

¡Por vos prix!  Esto último, Traducido al nicanol.

Se escuchó un breve silencio,  el disparo de una pistola incendió motores.

Comencé a trotar,  procurando intercambiar palabras con el resto de pinoleros.  Escuchando lo que pudiera para disipar temores.

Iba solo pasando el lago de Apanas,  viendo las lechugas dispersas en su orilla.  Captando señales solares con el cráneo,  respirando observando,  debatiendo y creyendo que los milagros existen aunque pasen de lado.

Circundan a mi lado dos chateles fachenteado el ritmo  ligero que llevaban,  más eran de la cruz roja.  A esa edad jugaba tapi bol en cada esquina.  Responsabilidad, ni el significado sabía.  ¿Ahora mi tabla de salvación iba a ser dos Minions? Equipados con un casco,  para que me cosiera mejor los sesos.  Por dicha se agotaron más rápido que una pila de Rayovac,  a mi parecer algo menos para pensar.

Paso  el primer puesto de agua,  una camioneta post navideña repartiendo agua  a diestra y siniestra,  relevando vida a cambio de  esfuerzo.   Trato de tomar un trago  al paisaje,  ingiero  y me fundo de agua el cerebro, quedo dundo  girando suavemente la cabeza como abanico de helicóptero (de un lado a otro).

Veo un muro de botellitas de tayacan,  caballito y la famosa joyita.  Como si fueran lápidas de filósofos caídos en combate en plena labor de trincheras.  Ya eran ocho “K” cuando escucho,  solta más las piernas.  Vuelvo  a ver y ahí estaba cual soldada enmontañada en su atuendo militar de azul marino con destellos rosados para confundir al cielo con sonrisas.

Oneida Ivy Killer Queen,  con trotes de nature run.  Trato de guardar un ritmo, confiando qué el mando militar no me fusilara.

-¿Estás bien?

-Me responde de la manera más calmada..  Si.

-¿Vos?

-Trato de  ocultar el notable cansancio, Mientras asiento con la cabeza.  Si…

Farándula un término que ha adquirido otro significado,  se refiere a alguien que por lo general no da el todo en los caminos,  solamente se pone el atuendo y camina para lucir la camiseta.  Desfilando por las calles como perro sin gloria.  Pero estuvo ahí y anda a la moda.  Eso sí, cualquier otra cosa puede faltar.

Aunque,  confieso que cuando escucho el término,  me parece mal empleado.  Digo esto porque  aquel que se levanta de madrugada ya lleva diez puntos por default,  diez más con llevar lo necesario,  treinta más si entreno,  diez por tenacidad,  treinta si termino,  cinco por sobrevivir y cinco si por las casualidades de la vida salió en la foto.

Porque al final de cuentas desde el más novato hasta la pierna de élite,  pelan los dientes,  guarda postura,  finge sonrisa,
señala a la nada,  saca su ala semi-pompeada,  busca un cerro,  un volcán o la birra,  saca el pecho,  mete panza,  pega un salto  de medio  metro como Michael Jackson,  grita aunque la foto no hablé,  sostiene el sol con una sola palma,  carga,  ondea y sostiene la bandera qué con orgullo guardó al salir de casa (La azul y blanco, claro).

Seamos sinceros,  todos somos farándula…  testigos de tu propio entierro buscando pruebas de que moriste y renaciste de nuevo.  Un ave fénix con mil infiernos.

En cada tramo voy dejando pedazos, escucho sirenas dándole raí a extraños.  Me pasan dos gringas,  one love,  one heart…

El camión finalmente me alcanza,  puedo ver una galleta punto rojo a dos km de distancia,  quiero parar pero no puedo.  El km 15, va cobrando bajas.  Podía sentir el calor del motor del camión de bomberos.  Se me acerca un muchacho planteando un mal negocio.

-Cuando se sientan cansados ahí está el bus.   ¿Están bien?

-Escapan por si sola las palabras.  Sí,  todo bien.

Voy trotando a cómo puedo,  lento, y seguro.  Un flashback de una fábula de niños,  invade mi mente.  Me comparo a un viejo vagoncito  de tren con el “I think I can,  I think I can”.  Un jalón en la  pierna izquierda me obliga a parar, trotar y seguir caminando.  Sin parar de andar.  Notó  la presencia de los satélites a mi espalda, monitoreando cada paso.   Baja la pendiente nuevamente,  sigo más de prisa,  el terreno vuelve a neutro se me borra la sonrisa.

Voy pasando transeúntes asustados por la escena de pasión,  un tanto abatido por  la guerra pero comandando una pequeña tropa de agua,  fuego y paisajes para la otra vida.   Vuelvo la cabeza hacia al lado y veo una  señora con incapacidad en sus piernas caminando a paso ligero de casa en casa,  de  pueblo en pueblo. Casi al mismo ritmo que llevo.  Más adelante la silla con ruedas con corazón galopante  me lleva  la delantera.  Voy luchando con mis decesos,  dando un tributo a mis pies zambos.

Diviso San Rafael del Norte,  mi respiración descansa  en las brumas del pasado.  Me alcanza un niño queriendo boicotear mi moción de finiquitar mi viaje.

– ¿Se siente bien señor?  Puede continuar,  falta mucho aún…

-Sí, cómo  no…

Los entiendo,  la ansiedad por llegar a sus casas, debe ser aburrido ir detrás de un espectro con andarivel transparente,  descubriendo donde termina el miedo y comienza otra historia. Sin embargo,  no captan porque este señor  delgado con corazón de  plomo y anteojos retorcidos,  desea terminar  una carrera que ya perdió.  Más no saben…

Se va el bus…

¡He vencido!

Se detiene el camión del bombero atómico. He triunfado.

Los ratones se contraen de dolor faltando dos km.  La falta de queso va generando huelgas.

Me detengo un poco,  me saco un frasco de zepol repello rápidamente las fisuras qué agrietan la voluntad.

Un breve alivio.

Se enciende un motor.

El  molesto testigo rojo con sirena diabólica despierta del silencio.  Reclama mi alma,  quebranta mi calma.

No le daré gusto,  estoy tan cerca…  No llegue tan lejos  para detenerme ahora.

Otra loma. Cambio de trote a paso ligero,  un niño  se me adelanta a paso moderado.  Mi mirada es más de tortura,  buscando energía en los campos Elíseos (El cementerio de San Payo).

Sigue sonando la sirena,  ya no es solamente detrás atestando el aire como porra vieja,  sino aprieta con gula mis sesos.  Las paredes blancas y grises van desempolvando recuerdos.  Una señora me alienta mientras sacude sus palmas…  ¡Vamos!

Le hago señas a mi caja fúnebre qué se callé.   Mi tarea es lidiar no sólo con los calambres sino con la el payaso con ruedas que me acompaña.

La bocina,  sirena y  la aceleración constante dibujan un crimen perfecto.  Me arrebatan la impaciencia,  asfixian mis pensamientos,  me regalan mi propio infierno.   Una señora sale a  mi encuentro, le pido que me calle al fastidioso infeliz.   El mismo que  me lleva por las calles jadeando y dando tumbos como ganado siendo arreado al matadero.

Juego con mis sentidos para no percibir el dolor.

Me acerco al parque,  veo la tropa  pinolera.  Galopando de frente contra un zombi viviente.  La comanche Kelin los lidera,  le sigue de cerca el Cacique Ninja Asiático Diriambino.  El Crazy Doc Brown ,  Ivy Queen, Mel and gas,  Coca de la Mota, Smiley Windu, la Mar con sueño y no faltaba más una piña con piernas.

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Caos,  chicheros,  y cohetes guían mis pasos.

– ¡Dale perro más  rápido!

– No puedo loco…

-¡Voy a Mil! … Pero a velocidad de hormiga.

-¡Número!

-Este… ¿último?

Se refiere al papel que me dieron por lápida con numeración.  Lo muestro, me lo quito de la camisa.

-te lo regalo.

Me acerco,  camino,  llego  y sigo caminando.  No puedo parar, si me detengo el dolor incrementará.

Mientras tanto el camión  se calla,  se detiene,  me ve llegar y no entiende.  ¿Se  preguntará  qué ganó?  Más no sabe que si gané.  Me gane a mí mismo,  me mantuve flote pese a las tempestad.  Saque fuerzas de flaquezas, me golpie las dolencias.

Y… ¿Qué es eso?

Son los recuerdos.

Ayer,  no más podía correr cien metros.

Hoy entrelazo  ciudades con la misma suela,  comparto historias con buscadores,  descubro amistades sin decir palabras.

Díganme ustedes…

¿Gane o perdí?

Yubran Arellano Hanon /  yarellano20@gmail.com
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