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Los viajes a la playa adquirieron otro significado.  Camino a la boquita con el silencio de mis sesos y los vaivenes de regreso. Los amigos y sus desvaríos,  los sustos desprevenidos.

Solo ayer construía castillos en la arena,  posas y ciudadelas.  Cuando la magia de mis ojos tenia la capacidad de teñir de vida lo que rodeaba .  Ahora es otro escenario,  dicen que es entrenamiento.  Parecemos ciegos tropezando por la costa con la brisa sosteniendo nuestros miedos. No tengo idea que pensar de todo esto,  solo se que es otro caso de yo contra yo.  De una división constante de mis emociones,  por un desafío a la vida, o a lo que queda.

Guían la manada un grupo de vaqueanos y un cyborg medio extraño aprendiendo el idioma de los elfos.   Yo me entretengo a contar mis pasos,  teníendo más fe que esperanza.  El sol quema mis lomos como pila recargable,  el sudor invade mis ojos,  la arena se traga mis pies.  El cansancio vuelve otra vez.

Intento trotar a un ritmo humano,  no paso de ser tortuga en nieve solar.

El sudor resbala por mis brazos,  su corriente moldea mi piel en surcos.  Las olas se escuchan una y otra vez,  vuelven,  se retiran y estrellan.   Parece que el mar me tira baldes de agua salada para boicotear mi tránsito,  para frenar mis paso.

A lo lejos veo espejismos de sal,  me atormenta saber si llegaré.   La energía se acaba, pero sigo.  ¿A dónde?  No lo sé…

No debo ni puedo quedarme atrás.  En este caos de pensamientos,  la sobrevivencia no es más que otro caso pendiente.

¿Por que seguir? Esa pregunta necia que te acompaña por tramos de kilómetros,  queriendo justificar el dolor,  el cansancio y hasta lo imposible.

Mi cuerpo manda señales y señuelos.   Busca sobornar a la razón, dándole la espalda al corazón.

Dicen que estoy  loco, no debo de estar cuerdo si un flaco desgarbado con binoculares en sus ojos reta su capacidad de andar.

No es trabajo,  ni obligación,  pero  aquí estoy.   Llegando a un punto muerto,  buscando sombra debajo de las nubes,  estirando la camisa del cielo. Llego  en cámara lenta tirando la mirada remojada en pensamientos cadenciosos,  entregandome  al agua mientras me diluyó en la sal.

No es un domingo en el mar,  ni un paseo por la playa.  Es una guerra revuelta entre las llamas del sol,  la sal,  las estrellas y la voluntad del corazón.

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