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No es mi típico sábado, son vacaciones. El claustro y la fobia espantan en el silencio de una mañana en las que puedo contar los zancudos de la casa. Necesito un norte… Consultamos los astros y el mapa tan sutilmente mezclado con amarillo fosforescente y rosado chicha. Este mismo nos muestra algunas opciones. Como ciegos tiramos los dados entre la playa y montaña.  Salió cascada, y blanca. Alisto mis vinos obsequios de una Navidad sin calcetines.  Preparo las ruedas que la vida dejó, reviso el vidrio de mi ojo gris, empaco mi sueño embotellado en píxel y allá voy.

Entre bostezos, camiones y triciclos semi extraños con pedal humano llegamos a Matagalpa. Pasamos por la carretera que se estrella en la espalda de San Ramón.  Subiendo el camino de Praga, por el estrecho de árboles entre el asfalto y él; ¿patroncito le traigo café?  Nos acoquinamos de la ciudad con rumbo incierto, aterrizamos en alto monte con buscadores de sueños y hormigas carnívoras defendiendo su hogar.

Entramos al quiosco informativo tipo la Nasa, solicitamos ingreso.

Salió el astronauta…  ¿Dónde estamos?  Estoy largo, largo… No tan largo como las Miami’s.

Acá se confunden los acentos, no se sabe si es español, Aniceto, o Dalicucarahill. Nos encontramos entre el Tuma que le pegaron a la Dalia y la posa que dejo sus lágrimas.

Tiempo, pausa… y play.

Verde que te quiero verde, verde bosque, verde tierno, verde seco en el aire y en la piel.

¿Who cares?

Esto no es el patio de mi casa.

Bajo por canteras sueltas en la tierra, saltando de una en una, disparando verbos en las alturas. Ahí al fondo de la vía se aparta la naturaleza y como postal de parque acuático con Yellowstone entremezclado se presenta a vivo y a todo color… En una nube similar a un grifo brota toneladas de agua, cubriendo como una especie de vidrio traslucido un cubículo caverna de algún pterodáctilo carpintero.

Me dirijo rumbo al nido, paso detrás de una cortina de agua en un sendero de barro en el que se formó el Cid. No tiene luz eléctrica instalada, pero si una hamaca.  Me sorprende el cielo vivo de piedra apuntalada por ramas de madera con la esperanza de sostener universos.

En los confines del mundo…  Me pregunto como algo tan único, ha quedado oculto todos estos años. Cuantas veces he venido y no me daba cuenta de que adormitaba.

Descanso panza arriba y veo el cielo de piedra con los recuerdos agrietados.

Levito y me encuentro ahora recostado en una nube, en un disparate de Potter con la sonrisa congelando los nervios. Un trago de zambunga fue una buena elección, el aliento de dragón y el rubor del cielo.

Cuando la montaña se parte en dos y una mano alcanza el sol, el compás dirige mi esqueleto a la nada. Al final de mis días en esta libertad que embriaga con el firmamento dispuesto a todo.  Aprenderé a volar cuando despierte la noche.

Me perdí en el bosque, con un frio aterrador.  No sé ni quien soy.  Suena en frecuencia magnética sin imagen pero con disturbio, un ruido letal. Yo en ayuno. ¿Cómo una voz puede encender una sonrisa? ¿Cómo la vida puede pasar tan deprisa? Un día aquí, otro allá… Por qué huimos de tanta paz.

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