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El fin de semana  fui a somoto,  un viaje de tres horas y media.

En la carreta karaoke etilica junto a Mel,  Cassey Jones,  Claudia di  Coke y Richard tex,  tex. 

Llegamos de noche viendo  luces como recuerdos del pasado.  Entre pinos,  montañas y  caminos empinados.  
Nuestro arribo al cañón fue una incógnita completa. Con competidores de todas las edades.  
Con la memoria de aire fresco,  con diez minutos  de tape sin nada de cinta.  

Partimos con cada paso más fuerte que el anterior. Saltamos del camino a la carretera con las rayas de asfalto  tatuado en los pies.  Sin orientación fija soñando  con el sol a mi espalda.  

Al compás de un suspiro, bajando por las piedras de quesos y cuajada fresca. 

Aterrice en la arena como  quien perdió el camino.  Seguido de cerca  por un par de niños.  Rompí las aguas como un barco  en mar abierto.  Sin importar más nada,  escalando  piedras,  bajando  nubes,  cayendo a ratos. 

Cambie de ruta por la panza del río coco,  con una promesa falsa de escasa agua,  caminando ciego  por el sin fondo de un vaso lleno de dudas.  Nadando  con piedras en los pies,  creyendo y teniendo fe en el suelo que no encuentro ni lograba ver. 

Alcanzó una piedra luego otra,  emerjo entre el aire como gozuki  saltando de roca en roca entre fuego y agua.  

Troto encima de todo,  subiendo una loma que apenas alcanzo a ver.  Cambio la velocidad  por un paso de tortuga light.  Veo un niño,  un chino  y una cámara con patas pasar.  Saco la merienda,  tomó agua,  respiro,  suena el reloj del corazón….  Pum Pum Pum. 

Trato de recordar  porque estoy aquí,  persiguiendo un ala de chompipe por el vasto cielo.  

Cruzo fincas,  potreros y sombreros.
Platico con un correcamimo judoca con licenciatura en contaduría.  Me cuenta lo que no cuenta la vida con el pasar de los años.

Bajamos nuevamente hasta llegar al río,  camino lento con mis piernas usándolas de parte aguas,  respirando  por la nariz,  los ojos y la espalda.

Agua como te quiero  agua,  frutas,  más agua  y aire. 

Sin vos la vida no hay… 

Me responden las piernas,  los pulmones no dan para más.  Miro hacia arriba esperando encontrar una meta,  sin pensamientos,  ni distinción  de colores,  blanco todo pálido. Los adoquines se despiden de mi.   Rostros de alegría invaden el horizonte,  yo solo siento alivio.  Preguntas sin respuestas, busco aire,  debato entre sí seguir o colgar los tenis. Dejo que los pies decidan y vamos por  medio tramo por delante del corazón.

El brazo me manda señales,  los calambres del alma retuercen mis huesos.

Me detengo,  tiro mil toallas.  Regreso y sin más que decir me detengo sin prisa,  la visa se expiró,  me retiro a la silla donde mi sombra murió.

Ya no soy extraño,  ni creo en imposibles…  Ahora solo me pregunto…

¿Qué  sigue?

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