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Suena el despertador,  es de mañana.  Busco los zapatos de  mercurio renovados.  Enciendo el suzukito y me voy por la carretera buscando al entrenador nitchcaragua del  desierto  urbano del sinai, el guru de los talleres modernos.  Una mezcla  de Usain Bolt,  Bob Marley y Michael  Ballack. 

¿Donde vamos?  A la laguna Tiscapa. Ese sendero de asfalto  y monte entre cortado  rodeando un ojo de agua.  

Llegamos al punto de partida,  los preparativos  tipo robocop para evitar lesiones.  Estirón aquí  flexión allá,  una bocanada de aire,  sacudimos el alma y a los leones. 

Primer tramo de bajada en el anden de los recuerdos. Veo desde arriba el espejo de agua del olvido clamando por silencio.  Se esconde en su sábana de copos de verde bosque,  bosteza perdiéndose en la profundidad de sus aguas. 

Bajamos por gobernación,  Tomás nos profetiza la guerra, yo me río por dentro solo lucho con mi propio sistema.  Aquel que dice: te conviene el descanso,  tranquilo Bobby tranquilo.

Las piernas siguen,  el pulmón le roba oxígeno  a la ropa,  la piel se pellizca con el sol.  Sin pensarlo me detengo,  sacudo los pies en pro  de seguir la marcha.  Veo la luz verde y allá voy lento pero seguro.  

La superficie comienza a  trepar,  alguien nos dibujo una loma. 

Pisando liso Pisando voy.

Un par de cuervos pasan a mi lado,  sonríen y se burlan del caballero andante y su triste figura. 

A media loma ya la gente nos mirá como extraños.  La ciudad despierta a mi lado.  Abren sus párpados de vidrio con marcos de aluminio. 

Me detengo a ver mi propia sombra,  aire que te quiero aire. 

Falta poco,  un hospital,  el semáforo y la bomba de gas.  Mis zapatos parecen sonreír,  llegué quien lo creería.  Por aquí pasaron mis pensamientos aunque  media hora mas tarde la cáscara los alcanzo. 

Esos locos que les gusta correr,  recordando  lo que fue la niñez,  descalzo  sin freno con las rodillas choyadas persiguiendo el amanecer. 

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