Que ondibiris, que ondas, hola que tal como le va. (A como decia ayer).

Nada es fácil de decir con el señor alegre de la nota gris. Con su despertar de café sonoro, a las nueve o diez entra el Barney serio o sonriente, ese es don Marvin el señor que no tiene remedio.

Con todo lo que hace, y deshace, piensa y dice cualquiera diría que es un astroquímico lleno de lombrices. Pero no, es un salvadorian ocupadísimo más que el servicio secreto centroamericano. Tiene cuatro Ángeles en su cabeza y vive más en el norte que en Managua.
Platica con Potter por la mañana, discute con Einstein e inventa la nueva política de descarga. Lo interesante no tiene punto de escape, lo complicado se vuelve re-fácil.

Su influencia es considerable, donde quiera que hable ya hay un quehacer de parte nuestra por escuchar, investigar, debatir o refutar.
Don Marvin, el mensajero de Marte, repite y deduce que no es historia sino arte, arte del saber decir y pensar, arte de conocer, arte de crear. Arte de una cerveza junto al viento quizás, o un café de mañana o un nacatamal.

Mi amigo sincero, existen pocos en el mundo con su estirpe de hombre capaz de eludir la derrota pero con honra, de cuidar a los suyos, de influir en otros, de contar historias, de saber vivir y de saber volar.

Don Marvin, o Marvin como el dice llamarse. Un niño con corazón grande.

Un gusto conocerlo,
su amigo

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